Gastronomía peruana II: Pachamanca

Advertencia: Este texto toma un giro inesperado, terminando más amargo de lo que habíamos planeado.
La Pachamanca es un plato andino y, a la vez, un ritual a la Madre Tierra en agradecimiento por las buenas cosechas. Según algunas fuentes, el plato y la tradición se originaron en la cultura Wari entre los años 500 y 1100 d.C., y los Incas continuaron con esta costumbre.
Su nombre proviene del quechua: pacha (tierra) y manca (olla), y es exactamente eso: ollas cocidas en la tierra.
Los ingredientes de la Pachamanca incluyen carnes de res, cordero, pollo, cuy, junto con choclo, papas, ocas, habas, camote y humitas, así como hierbas aromáticas: chincho, huacatay, muña y otras.
Para la cocción de la pachamanca, se usan piedras precalentadas que se colocan en la base de un hueco excavado en la tierra, formando el "horno". En el horno, se ponen primero los tubérculos, seguidos por las carnes, los vegetales, las humitas y las hierbas aromáticas. Así preparado, se cubre con tierra por una hora y media a dos horas. Al sacar la comida del horno terrestre, se reparte en bandejas para compartir.
¿Cuál es la diferencia entre la Pachamanca y la buena Pachamanca? Los conocedores dicen que el secreto está en el precalentamiento de las piedras y la elaboración del horno.
La primera y única Pachamanca a la que asistí tuvo lugar en la casa de Lucho. Era una casita amarilla en medio de las chacras, con varias ventanitas de todo tipo de formas, filtrando la acogedora luz del atardecer a través de sus vidrios coloridos. Lucho tenía la idea de organizar Pachamancas para turistas, pero antes de arrancar con su negocio, se fue con su novia americana a casarse en los EE. UU. y allá permanecieron. Hoy en día, ni sé si la casita todavía existe, o tal vez ya la han demolido.
Ese día, estuvimos varias parejas allí, todas mixtas: 4 latinos con 4 gringas. Los padres jóvenes se inflaban de orgullo por sus pequeños hijos, y los que no tenían hijos se inflaban por sus carros o proyectos. Todos soñábamos con pequeños negocios y un cálido hogar. Por supuesto, no hablamos ni de los bricheros, ni de los estafadores, ni de lo precaria que era la vida. ¿Qué nos importan esas estafas? Al fin y al cabo, la mayoría del engaño y del abuso ocurre en el entorno doméstico, entre padres e hijos, hermanos, parejas. Un abuso generalizado y a escondidas, a menudo sin admitir. Y, por supuesto, de esto tampoco hablamos ese día, bajo el sol, rodeados de ilusiones y de las humeantes bandejas.